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jueves, 1 de enero de 2009

Siddharta - Hermann Hesse


Siddharta, el agraciado hijo del brahmán, el joven halcón, creció junto a su amigo Govinda al lado de la sombra de la casa, con el sol de la orilla del río, junto a las barcas, en lo umbrío del bosque de sauces y de higueras. EI sol bronceaba sus hombros brillantes al borde del río, en el baño, en las abluciones sagradas, en los sacrificios religiosos.

La sombra se adentraba por sus negros ojos en el boscaje de mangos, en los juegos de los niños, en el canto de su madre, en los sacrificios religiosos, en las enseñanzas de su padre y sus maestros, en la conversación de los sabios. Ya hacía mucho tiempo que Siddharta participaba en las conferencias de los sabios. Con Govinda se entrenaba en las lides de Ja palabra, en el arte de la contemplación, de saber ensimismarse. Ya podía pronunciar quedamente el Om la palabra por excelencia. Había conseguido decirlo en silencio, aspirando hacia adentro; aprendió a enunciarlo calladamente, aspirando hacia afuera, concentrando su alma y con la frente envuelta en el brillo de la inteligencia. Ya sabía entender el interior de su atman indestructible en el mundo material.


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Siddharta - Hermann Hesse

jueves, 30 de agosto de 2007

El lobo estepario - Hermann Hesse




Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en
dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo
estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento
pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido
era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo.
Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo
momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa.




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martes, 28 de agosto de 2007

Demian - Hermann Hesse



Permanecí delante de él; y del esfuerzo interior me fui quedando helado hasta el
corazón. Interrogaba al retrato, le acusaba, le acariciaba, le adoraba; llamándole madre,
amada, prostituta y perdida, Abraxas. Recordé las palabras de Pistorius. ¿O eran las de
Demian? No podía recordar cuándo fueron pronunciadas pero creí estar oyéndolas de
nuevo. Eran palabras sobre la lucha de Jacob con el ángel de Dios y aquella frase: «No
te dejaré hasta que me hayas bendecido.»


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