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martes, 25 de septiembre de 2007

El amor en los tiempos del cólera - Gabriel García Marquez



Desde que se proclamó el bando del cólera, en el alcázar de la guarnición local se
disparó un cañonazo cada cuarto de hora, de día y de noche, de acuerdo con la
superstición cívica de que la pólvora purificaba el ambiente. El cólera fue mucho más
encarnizado con la población negra, por ser la más numerosa y pobre, pero en realidad
no tuvo miramientos de colores ni linajes. Cesó de pronto como había empezado, y
nunca se conoció el número de sus estragos, no porque fuera imposible establecerlo, sino
porque una de nuestras virtudes más usuales era el pudor de las desgracias propias.



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viernes, 14 de septiembre de 2007

Del amor y otros demonios - Gabriel García Marquez

El maestro de obra me explicó sin asombro que el cabello
humano crecía un centímetro por mes hasta después de la
muerte, y veintidós metros le parecieron un buen promedio para
doscientos años. A mí, en cambio, no me pareció tan trivial,
porque mi abuela me contaba de niño la leyenda de una
marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una
cola de novia, que había muerto del mal de rabia por el
mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe
por sus muchos milagros. La idea de que esa tumba pudiera ser la
suya fue mi noticia de aquel día, y el origen de este libro.

Gabriel García Márquez
Cartagena de Indias, 1994


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domingo, 26 de agosto de 2007

Crónica de una muerte anunciada - Gabriel García Marquez




-¡Santiago, hijo --le gritó-, qué te pasa!
Santiago Nasar la reconoció.
-Que me mataron, niña Wene -dijo.
Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. «Hasta tuvo el cuidado
de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas», me dijo mi tía Wene.



Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se
derrumbó de bruces en la cocina.


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jueves, 23 de agosto de 2007

Cien años de soledad - Gabriel García Marquez


José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se
levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y
le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que
tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo.

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Cien años de soledad - Gabriel García Marquez

martes, 21 de agosto de 2007

El coronel no tiene quien le escriba - Gabriel García Márquez


-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo
pueda perder.

-Es un gallo que no puede perder.
-Pero suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el cuello de
franela. Lo sacudió con energía.
-Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-Mierda.
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